sábado, 4 de septiembre de 2010

Paradigma del cuidado



Paradigma del cuidado Después de haber conquistado toda la Tierra, a costa del fuerte estrés de la biosfera, es urgente y urgentísimo que cuidemos lo que quedó y que regeneremos lo vulnerado. Esta vez o cuidamos o vamos al encuentro de lo peor. Por eso, urge pasar del paradigma de la conquista al paradigma del cuidado.
Si reparamos bien, el cuidado es tan ancestral como el universo. Si después del Big bang no hubiese habido cuidado por parte de las fuerzas directivas por las que el universo se auto-crea y se auto-regula, a saber, la fuerza gravitatoria, la electromagnética, la nuclear fuerte y la nuclear débil, todo se habría expandido demasiado impidiendo que la materia se adensase y formase el universo que conocemos. O todo se habría retraído a punto de colapsarse el universo sobre sí mismo en interminables explosiones.
Pero no fue así. Todo se procesó con un cuidado tan sutil, en fracciones de milmillonésimas de segundo, que permitió que estemos aquí para hablar de todas estas cosas. Ese cuidado se potenció cuando surgió la vida, hace 3.800 millones de años. La bacteria originaria, con cuidado singularísimo, dialogó químicamente con el medio para garantizar su supervivencia y evolución. El cuidado se hizo aún más complejo cuando surgieron los mamíferos, de donde también venimos nosotros, hace 125 millones de años, y con ellos el cerebro límbico, el órgano del cuidado, del afecto y del enternecimiento.
Y el cuidado ganó centralidad con la emergencia del ser humano, hace 7 millones de años. La esencia humana, según una tradición filosófica que viene del esclavo Higinio, bibliotecario de César Augusto, que nos legó la famosa fábula 220 del cuidado hasta Martin Heidegger, el filósofo, reside exactamente en el cuidado.
El cuidado es esa condición previa que permite la eclosión de la inteligencia y de la amorosidad. Es el orientador anticipado de todo comportamiento para que sea libre y responsable, en fin, típicamente humano. El cuidado es un gesto amoroso con la realidad, gesto que protege y trae serenidad y paz. Sin cuidado nada de lo que está vivo, sobrevive. El cuidado es la fuerza mayor que se opone a la ley suprema de la entropía, el desgaste natural de todas las cosas hasta su muerte térmica, pues todo lo que cuidamos dura mucho más.
Hoy necesitamos rescatar esta actitud, como ética mínima y universal, si queremos preservar la herencia que recibimos del universo y de la cultura y garantizar nuestro futuro. El cuidado surge en la conciencia colectiva siempre en momentos críticos. Florence Nightingale (1820-1910) es el arquetipo de la enfermera moderna. En 1854 partió de Londres con 38 colegas con destino a un hospital militar en Turquía, donde se trababa la guerra de Crimea. Imbuida de la idea de cuidado, en dos meses consiguió reducir la mortalidad del 42% al 2%. La primera Gran Guerra destruyó las certezas y produjo profundo desamparo metafísico. Fue cuando Martin Heidegger escribió su genial Ser y Tiempo (1927), cuyos párrafos centrales (§ 39-44) están dedicados al cuidado como ontología del ser humano.
En 1972 el Club de Roma lanza la alarma ecológica sobre el grave estado de salud de la Tierra. En el 2001 termina en la Unesco la redacción de la Carta de la Tierra, texto de la nueva conciencia ecológica y ética de la humanidad. Los muchos documentos producidos se centran en el cuidado (care), como la actitud obligatoria para con la naturaleza. Seres de cuidado entre nosotros son doña Zilda Arns con los niños y dom Helder Câmara con los pobres. Son arquetipos que inspiran el cuidado y el salvamento de toda vida.

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